El Universo no fue creado para nosotros »
Por Lalo Márquez el Martes, 19 de Enero de 2010 a las 10:47 am en Humor | 0 Comentarios
Deidades, Iglesias, Ortodoxismo, y Sectas: Una Revisión Crítica a la Religión y las Creencias Sobrenaturales
Por Lalo Márquez el Martes, 19 de Enero de 2010 a las 10:47 am en Humor | 0 Comentarios
Por Lalo Márquez el Lunes, 9 de Marzo de 2009 a las 18:57 pm en General | 2 Comentarios
Por Sam Harris
En algún lugar del mundo un hombre ha secuestrado a una niña. Pronto va a violarla,
torturarla y matarla. Si una atrocidad de este tipo no estuviera ocurriendo en este preciso
momento, sucederá en unas pocas horas, como máximo unos días. Tanta es la confianza
que nos inspiran las leyes estadísticas que gobiernan las vidas de 6 mil millones de seres
humanos. Las mismas estadísticas también sugieren que los padres de esta niña creen
que en este preciso momento un Dios todopoderoso y amoroso cuida de ellos y su
familia. ¿Tienen derecho a creer esto? ¿Es bueno que crean esto?
No.
La integridad del ateísmo está contenida en esta respuesta. El ateísmo no es una
filosofía; ni siquiera es una visión del mundo; es un rechazo a desmentir lo obvio.
Desafortunadamente, vivimos en un mundo en el cual lo obvio es, por principio, pasado
por alto. Lo obvio debe ser observado y reobservado y discutido. Ésta es una tarea
ingrata. Se la toma con un aura de petulancia e insensibilidad. Es, más que nada, una
tarea que el ateo no desea.
Aunque resulta menos notorio, nadie necesita identificarse a sí mismo como un noastrólogo
o un no-alquimista. Consecuentemente, no tenemos palabras para la gente que
niega la validez de esas pseudodisciplinas. En el mismo sentido, «ateísmo» es un
término que no debería existir. El ateísmo no es más que el ruido que la gente razonable
hace cuando se topa con el dogma religioso. El ateo es simplemente una persona que
cree que los 260 millones de estadounidenses (el 87% de la población) que dicen no
tener dudas sobre la existencia de Dios deberían estar obligados a presentar pruebas de
su existencia, e incluso, de su benevolencia, dada la imparable destrucción de seres
humanos inocentes de la que somos testigos a diario.
Nada más que el ateo advierte cuán sorprendente es nuestra situación: la mayor parte de
los nuestros cree en un Dios que, bajo todo concepto, es igual de fantástico que los
dioses del Olimpo; nadie, sea cuales fueren sus capacidades, puede ocupar un cargo
público en los Estados Unidos sin suponer que ese Dios existe; y muchas de las cosas
que pasan en la política pública en este país se deben a tabúes religiosos y
supersticiones propias de una teocracia medieval. Nuestra realidad es abyecta,
indefendible y horrorosa. Sería graciosa, si las consecuencias no fuesen tan graves.
Vivimos en un mundo donde todas las cosas, buenas y malas, acaban destruidas por el
cambio. Los padres pierden a sus hijos y los hijos a sus padres. Los maridos y esposas
se separan por un instante, y nunca se vuelven a ver. Los amigos se despiden con prisa,
sin saber que será la última vez que lo hagan. Esta vida, cuando se la mira en su
totalidad, se aparece como poco más que un vasto drama de la pérdida. La mayoría de
las personas, sin embargo, imaginan que hay una cura para esto. Si vivimos
correctamente –ni siquiera éticamente, sino dentro de los parámetros de ciertas
creencias antiguas y conductas esterotipadas– obtendremos todo lo que queramos
después de que hayamos muerto. Cuando caigan finalmente nuestros cuerpos,
simplemente nos desharemos de nuestro lastre corporal y viajaremos a una tierra en la
que nos reuniremos con todos los que amamos cuando estábamos vivos. Por supuesto,
la gente demasiado racional y demás chusma quedará excluida de este sitio feliz, y
aquéllos que suspendieron su increencia mientras vivían serán libres para disfrutar de sí
mismos por toda la eternidad.
Vivimos en un mundo de sorpresas inimaginables –desde la energía de fusión que
irradia el sol a la genética y las consecuencias evolutivas de estas luces que bailan por
eones desde el Oriente– y todavía el Paraíso conforma a nuestros intereses más
superficiales con la comodidad de un crucero por el Caribe. Esto es asombrosamente
extraño. Alguien no lo conociera pensaría que el hombre, en su miedo a perder todo lo
que ama, ha creado el cielo, junto con su Dios guardián, a su imagen y semejanza.
Considérese la destrucción que el huracán Katrina dejó en Nueva Orléans. Más de un
millar de personas murieron, decenas de miles perdieron todas sus posesiones terrenas y
cerca de un millón fueron desposeídas de su hogar. Con seguridad, se puede decir que
casi todos los que vivían en Nueva Orléans en el momento del desastre del Katrina creía
en un Dios omnipotente, omnisciente y compasivo. ¿Pero qué estaba haciendo Dios
mientras un huracán devastaba su ciudad? Seguro que oía la plegarias de los viejos y las
mujeres que huían de la inundación hacia la seguridad de sus azoteas, sólo para terminar
ahogándose más lentamente. Eran personas de fe. Eran buenos hombres y mujeres que
habían rezado durante todas sus vidas. Sólo el ateo ha tenido el coraje de admitir lo
obvio: esa pobre gente murió hablándole a un amigo imaginario.
Claro, había advertencias de que una tormenta de proporciones bíblicas sacudiría Nueva
Orléans, y el la respuesta humana al desastre posterior fue trágicamente ineficaz. Pero
fue ineficaz sólo bajo la luz de la ciencia. Los indicios del avance del Katrina fueron
sacados de la muda Naturaleza mediante cálculos meteorológicos e imágenes satelitales.
Dios no le cuenta a nadie sus planes. De haberse confiado los residentes de Nueva
Orléans en la caridad del Señor, no se habrían enterado de que un huracán asesino se
abatiría sobre ellos hasta que hubieran sentido las primeras ráfagas del viento sobre sus
rostros. A pesar de todo, según una encuesta del Washington Post, un 80% de los
sobrevivientes del Katrina aseguraban que el suceso había reforzado su fe en Dios.
Mientras el Katrina devoraba Nueva Orléans, cerca de mil peregrinos chiítas morían al
derribarse un puente en Iraq. No caben dudas de que esos peregrinos creían
poderosamente en el Dios del Corán: sus vidas estaban organizadas alrededor del hecho
indubitable de su existencia; sus mujeres caminaban con el rostro velado delante de él;
sus hombres se mataban regularmente unos a otros en nombre de interpretaciones
enfrentada de su palabra. Sería de destacar si un solo de los sobrevivientes de esta
tragedia perdiera su fe. Lo más probable es que los sobrevivientes imaginen que han
sido resguardados por la gracia de Dios.
Sólo el ateo reconoce el infinito narcisismo y el autoengaño de los que se salvaron. Sólo
el ateo comprende cuán moralmente despreciable es que los sobrevivientes de una
catástrofe se crean salvados por un Dios amoroso mientras que este mismo Dios
ahogaba a los niños en sus cunas. Debido a que se niega a tapar la realidad del
sufrimiento del mundo con el disfraz de una fantasía de vida eterna, el ateo siente hasta
en los huesos cuán preciosa es la vida, y al mismo tiempo cuán desafortunados sos esos
millones de seres humanos que sufren el más terrible ataque a su felicidad sin ninguna
razón valedera.
Uno se pregunta cuán vasta y gratuita tiene que ser una castástrofe para que alcance a a
sacudir la fe del mundo. El Holocausto no lo consiguió. Tampoco lo habría hecho el
genocidio en Ruanda, ni aunque sus perpetradores fuesen sacerdotes armados con
machetes. Quinientos millones de personas murieron de viruela durante el siglo XX,
casi todos niños. Los caminos de Dios son, sin duda, inescrutables. Pareciera que
cualquier hecho, no importa cuán infeliz sea, puede ser compatible con la fe religiosa.
En materia de fe, hemos decidido no tener los pies en la Tierra.
Por supuesto, la gente de fe asegura que Dios no es responsable del sufrimiento de la
humanidad. Pero, ¿cómo podemos entender que se afirme que Dios es a la vez
omnisciente y omnipotente? No hay otro modo, y es tiempo de que los seres humanos
razonables lo asuman. Es el viejo problema de la teodicea, claro, y deberíamos
considerarlo resuelto. Si Dios existe, pues no puede hacer nada por detener las más
descomunales calamidades o no le importa hacerlo. Dios, por consiguiente, o es
impotente o es malvado. Los lectores piadosos ejecutarán ahora la siguiente pirueta:
Dios no puede ser juzgado por las simples reglas humanas de moralidad. Pero,
obviamente, las simples reglas humanas de moralidad son precisamente las que primero
usan los fieles para establecer la bondad de Dios. Y cualquier Dios que se preocupara
por algo tan trivial como un matrimonio gay o el nombre por el que debe ser
mencionado en una plegaria, no es tan inescrutable después de todo. Si existiera, el Dios
de Abraham no sería solamente indigno de la inmensidad de la creación, sería indigno
de cualquier hombre.
Hay otra posibilidad, claro, y es la más razonable y la más odiosa: el Dios de la Biblia
es una ficción. Como Richard Dawkins ha observado, todos somos ateos con respecto a
Zeus y a Thor. Sólo el ateo ha concluido que el dios bíblico no es diferente.
Consecuentemente, sólo el ateo es lo suficientemente compasivo como para tomarse en
serio la hondura del sufrimiento mundial. Es terrible que todos vayamos a morir y
perder cada cosa que amamos; es doblemente terrible que tantos seres humanos sufran
sin necesidad mientras viven. Buena parte de ese sufrimiento puede ser directamente
atribuido a la religión –a los odios religiosos, las guerras religiosas, las ilusiones
religiosas (religious delusions) y las diversiones religiosas de escasos recursos–, y es lo
que convierte al ateísmo en una necesidad moral e intelectual. Es una necesidad, de
todos modos, que el desplaza al ateo hacia los márgenes de la sociedad. El ateo, por el
mero hecho de estar en contacto con la realidad, termina lleno de vergüenza al no tener
relación con la vida de fantasía de sus vecinos.
La naturaleza de la creencia
Según varias encuestas recientes, el 22 % de los americanos están totalmente
convencidos de que Jesús volverá a la Tierra algún día de los próximos 50 años. Otro
22% cree que lo anterior es bastante probable. Seguramente este mismo 44 % de
americanos son los que van a la iglesia una vez por semana o más, que creen
literalmente que Dios prometió la tierra de Israel a los judíos, y que quieren prohibir la
enseñanza del hecho biológico de la evolución a nuestros hijos. Como bien sabe el
Presidente George W. Bush, los creyentes de esta categoría constituyen el segmento
más cohesionado y motivado del electorado americano. Por consiguiente, sus opiniones
y prejuicios influyen en casi todas las decisiones de importancia nacional. Los políticos
liberales parecen haber extraído una lección incorrecta de estos acontecimientos y han
vuelto su mirada hacia las Escrituras, preguntándose cómo podrían congraciarse con las
legiones de hombres y mujeres de nuestro país que votan en gran parte basándose en el
dogma religioso. Más del 50 % de los americanos tiene una opinión «negativa» o
«sumamente negativa» de la gente que no cree en Dios; el 70 % piensa que es muy
importante que los candidatos a la presidencia sean «firmemente religiosos». La
irracionalidad se encuentra ahora en ascenso en los Estados Unidos: en nuestras
escuelas, en nuestros tribunales y en cada rama del gobierno federal. Sólo el 28 % de los
americanos cree en la evolución; el 68 % cree en Satán. Una ignorancia de tal calibre,
concentrada tanto en la cabeza como en el vientre de una superpotencia sin rival,
representa actualmente un problema para el mundo entero.
Aunque sea bastante fácil para la gente de buen tono criticar el fundamentalismo
religioso, la llamada «moderación religiosa» todavía disfruta de un prestigio
considerable en nuestra sociedad, incluso dentro de la torre de marfil. Lo anterior resulta
irónico, ya que los fundamentalistas tienden a hacer un uso de sus cerebros más basado
en principios que los «moderados». Aunque los fundamentalistas justifiquen sus
creencias religiosas con pruebas y argumentos extraordinariamente pobres, al menos
intentan dar una justificación racional. Los moderados, en cambio, generalmente no
hacen más que citar las consecuencias benéficas de la creencia religiosa. En lugar de
decir que creen en Dios porque ciertas profecías bíblicas se han cumplido, los
moderados dirán que ellos creen en Dios porque esta creencia «da sentido a sus vidas».
Cuando un tsunami mató a cien mil personas el día siguiente al de Navidad, los
fundamentalistas interpretaron fácilmente este cataclismo como una prueba de la ira de
Dios. Al parecer, Dios había enviado otro mensaje oblicuo a la humanidad sobre los
males del aborto, la idolatría y la homosexualidad. Aunque moralmente obscena, esta
interpretación de los acontecimientos es hasta cierto punto razonable, aceptando
determinadas suposiciones (absurdas). Los moderados, en cambio, rechazan extraer
cualquier conclusión sobre Dios a partir de sus obras. Dios sigue siendo un perfecto
misterio, una mera fuente de consuelo que es compatible con la existencia del mal más
desolador. Ante desastres como el tsunami asiático, la piedad liberal es apta para
producir las más afectadas y pasmosas tonterías imaginables. Así y todo, los hombres y
mujeres de buena voluntad prefieren habitualmente tales vacuidades a la moralización y
profetización odiosas de los creyentes auténticos. Ante las catástrofes, sin duda es una
virtud de la teología liberal que ésta enfatice la piedad sobre la ira. Vale la pena señalar,
sin embargo, que es la piedad humana lo que se revela –no la de Dios– cuando los
cuerpos hinchados de los muertos son devueltos por el mar. Cuando miles de niños son
arrancados simultáneamente de los brazos de sus madres y ahogados en el mar durante
días, la teología liberal debe revelarse como lo que es –el más vacuo y estéril de los
pretextos mortales. Incluso la teología de la ira tiene más mérito intelectual. Si Dios
existe, su voluntad no es inescrutable. Lo único inescrutable en estos hechos terribles es
que hombres y mujeres neurológicamente sanos puedan creer lo increíble y pensar que
esto es la cumbre de la sabiduría moral.
Es completamente absurdo sugerir, como hacen los religiosos moderados, que un ser
humano racional pueda creer en Dios simplemente porque esta creencia le hace feliz,
porque alivia su miedo a la muerte o porque otorga sentido a su vida. La absurdidad se
hace obvia en el momento en que cambiamos la noción de Dios por alguna otra
proposición de consuelo: imaginemos, por ejemplo, que un hombre desea creer que
existe un diamante enterrado en algún lugar de su patio trasero, y que este diamante es
del tamaño de un refrigerador. Sin duda, se sentirá extraordinariamente bien al creer
esto. Imaginemos qué pasaría entonces si ese hombre siguiera el ejemplo de los
religiosos moderados y mantuviera dicha creencia en términos pragmáticos: cuando se
le pregunta por qué piensa que hay un diamante en su patio trasero y que además ese
diamante es miles de veces mayor que ningún otro que haya sido descubierto, el hombre
dice cosas como las siguientes: «Esta creencia da sentido a mi vida», o «Mi familia y yo
disfrutamos cavando para encontrarlo los domingos», o «Yo no querría vivir en un
universo donde no hubiera un diamante enterrado en mi patio trasero y que fuera del
tamaño de un refrigerador». Claramente estas respuestas son inadecuadas. Pero son
peores que eso. Son las respuestas de un loco o de un idiota.
Aquí podemos ver por qué la apuesta de Pascal, el «salto de fe» de Kiergegaard y otros
esquemas epistemológicos fideístas no tienen el menor sentido. Creer que Dios existe es
creer que uno se encuentra en alguna relación con su existencia, tal que dicha existencia
es ella misma la razón de la creencia de uno. Debe haber alguna conexión causal, o al
menos una apariencia de ésta, entre el hecho en cuestión y la aceptación de ese hecho
por parte de la persona. De este modo, podemos ver que las creencias religiosas, para
ser creencias sobre cómo es el mundo, deben ser tan probatorias en el ámbito del
espíritu como en cualquier otro ámbito. Pese a todos sus pecados contra la razón, los
fundamentalistas religiosos entienden lo anterior; los moderados –casi por definición–
no lo entienden en absoluto.
La incompatibilidad entre la razón y la fe ha sido un rasgo evidente de la cognición
humana y del discurso público durante siglos. Una persona debe tener buenas razones
para sostener firmemente lo que cree o lo que no cree. Las personas de todos los credos
generalmente reconocen la primacía de las razones, y recurren al razonamiento y a las
pruebas siempre que pueden. Cuando la indagación racional apoya el credo, aquélla
siempre es defendida; cuando representa una amenaza, es ridiculizada, a veces en la
misma frase. Sólo cuando las pruebas favorables a una doctrina religiosa son escasas o
inexistentes, o hay una evidencia aplastante en su contra, sus defensores invocan la
«fe». Es decir, los fieles simplemente citan los motivos para defender sus creencias (por
ejemplo, «el Nuevo Testamento confirma las profecías del Antiguo testamento», «yo vi
la cara de Jesús en una ventana», «rezamos, y el cáncer de nuestra hija comenzó a
retroceder»). Tales razones son generalmente inadecuadas, pero son mejores que
ninguna razón en absoluto. La fe no es más que la licencia que la gente religiosa se
otorga a sí misma para seguir creyendo cuando las razones fallan. En un mundo
fragmentado por creencias religiosas incompatibles entre sí, en una nación que se
encuentra cada vez más sometida a concepciones propias de la Edad de Hierro acerca de
Dios, el final de la historia y la inmortalidad del alma, esta lánguida división de nuestro
discurso en asuntos de razón y asuntos de fe es sencillamente inadmisible.
La fe y la sociedad buena
La gente de fe afirma regularmente que el ateísmo es responsable de algunos de los
crímenes más espantosos del siglo XX. Aunque sea cierto que los regímenes de Hitler,
Stalin, Mao y Pol Pot eran irreligiosos en diversos grados, no eran especialmente
racionales. De hecho, sus declaraciones públicas eran poco más que letanías de
ilusiones: ilusiones sobre la raza, la identidad nacional, la marcha de la historia o los
peligros morales del intelectualismo. En muchos sentidos, la religión fue directamente
culpable incluso en estos casos. Consideremos el Holocausto: el antisemitismo que
construyó pieza a pieza los crematorios nazis era una herencia directa del cristianismo
medieval. Durante siglos, los alemanes religiosos habían visto a los judíos como la peor
especie de herejes, y habían atribuido todos los males sociales a su presencia continuada
entre los fieles. Mientras en Alemania el odio a los judíos se expresaba de un modo
predominantemente secular, la demonización religiosa de los judíos continuó existiendo
en Europa. (El propio Vaticano perpetuó el libelo de la sangre en sus publicaciones, en
una fecha tan tardía como 1914.)
Auschwitz, el Gulag y los campos de la muerte no son ejemplos de lo que ocurre
cuando la gente se hace demasiado crítica con las creencias injustificadas; al contrario,
estos horrores son un testimonio de los peligros que conlleva el no pensar lo bastante
críticamente sobre ideologías seculares específicas. Por supuesto, un argumento racional
contra la fe religiosa no es un argumento para abrazar ciegamente el ateísmo como
dogma. El problema expuesto por el ateo no es otro que el problema del dogma mismo
(del que toda religión participa en grado extremo). No existe ninguna sociedad en la
historia escrita que haya sufrido porque su gente se volviera demasiado razonable.
Aunque la mayor parte de los americanos creen que deshacerse de la religión es un
objetivo imposible, la mayor parte del mundo desarrollado ya lo ha conseguido.
Cualquier relato sobre un supuesto «gen divino», el cual sería responsable de que la
mayoría de los americanos organicen desvalidamente sus vidas alrededor de antiguas
obras de ficción religiosa, debe explicar por qué tantos habitantes de otras sociedades
del Primer Mundo parecen carecer de dicho gen. El nivel de ateísmo existente en el
resto del mundo desarrollado refuta cualquier argumento según el cual la religión es de
algún modo una necesidad moral. Países como Noruega, Islandia, Australia, Canadá,
Suecia, Suiza, Bélgica, Japón, Países Bajos, Dinamarca y el Reino Unido se encuentran
entre las sociedades menos religiosas de la Tierra. Según el Informe de Desarrollo
Humano 2005 de las Naciones Unidas, dichos países son también los más sanos, como
indican las medidas de esperanza de vida, alfabetismo adulto, ingresos per cápita,
desarrollo educativo, igualdad entre sexos, tasa de homicidios y mortandad infantil. A la
inversa, las 50 naciones que ahora se encuentran en el escalafón más bajo en términos
de desarrollo humano son fuertemente religiosas. Otros análisis reflejan la misma
situación: los Estados Unidos son únicos entre las democracias ricas por su nivel de
fundamentalismo religioso y por su oposición a la teoría evolutiva; también son únicos
por las altas tasas de homicidio, abortos, embarazos de adolescentes, casos de SIDA y
mortandad infantil. La misma comparativa es cierta dentro del territorio de los Estados
Unidos: los Estados del Sur y del Medio Oeste, caracterizados por los niveles más altos
de superstición religiosa y de hostilidad hacia la teoría evolutiva, están especialmente
afectados por los mencionados indicadores de disfunción social, mientras que los
estados relativamente seculares del Noreste se conforman más a los estándares
europeos. Desde luego, los datos correlacionales de este tipo no resuelven las cuestiones
de causalidad –la creencia en Dios puede conducir a la disfunción social; la disfunción
social puede dar lugar a la creencia en Dios; cada factor puede fomentar el otro; o bien
ambos factores pueden surgir de alguna fuente más profunda de disfuncionalidad.
Dejando aparte la cuestión de la causa y el efecto, estos hechos demuestran que el
ateísmo es absolutamente compatible con las aspiraciones básicas de una sociedad civil;
también demuestran, de manera concluyente, que la fe religiosa no hace nada para
asegurar la salud y el bienestar de una sociedad.
Los países con altos niveles de ateísmo también son los más caritativos en términos de
prestación de ayuda extranjera al mundo en desarrollo. El dudoso eslabón existente
entre el fundamentalismo cristiano y los valores cristianos también es refutado por otros
índices de caridad. Consideremos la proporción entre los salarios de los altos ejecutivos
y los salarios de los empleados medios: en Gran Bretaña es de 24 a 1; en Francia, de 15
a 1; en Suecia, de 13 a 1; en los Estados Unidos, donde el 83 % de la población cree que
Jesús literalmente resucitó de entre los muertos, es de 475 a 1. Parece que aquí muchos
camellos esperan entrar fácilmente por el ojo de una aguja.
La religión como fuente de violencia
Uno de los mayores desafíos afrontados por la civilización en el siglo XXI es que los
seres humanos aprendan a hablar sobre sus intereses personales más profundos –sobre
la ética, la experiencia espiritual y la inevitabilidad del sufrimiento humano– de un
modo que no sea flagrantemente irracional. Nada obstaculiza más el camino de este
proyecto que el respeto que concedemos a la fe religiosa. Doctrinas religiosas
incompatibles han balcanizado nuestro mundo en comunidades morales separadas –
cristianos, musulmanes, judíos, hindúes, etc.– y estos desacuerdos se han convertido en
una fuente continua de conflicto humano. Ciertamente, la religión es hoy en día una
fuente activa de violencia, tanto como lo fue en cualquier momento del pasado. Los
conflictos recientes en Palestina (judíos contra musulmanes), los Balcanes (serbios
ortodoxos contra croatas católicos; serbios ortodoxos contra musulmanes bosnios y
albaneses), Irlanda del Norte (protestantes contra católicos), Cachemira (musulmanes
contra hindúes), Sudán (musulmanes contra cristianos y animistas), Nigeria
(musulmanes contra cristianos), Etiopía y Eritrea (musulmanes contra cristianos), Sri
Lanka (budistas cingaleses contra hindúes tamiles), Indonesia (musulmanes contra
cristianos timoreses), Irán e Irak (musulmanes chiítas contra musulmanes sunníes), y
Cáucaso (rusos ortodoxos contra musulmanes chechenos; musulmanes azerbaijanos
contra armenios católicos y ortodoxos) son simplemente algunos ejemplos. En estos
lugares, la religión ha sido la causa explícita de literalmente millones de muertos en los
últimos 10 años.
En un mundo dividido por la ignorancia, sólo el ateo se niega a rechazar lo evidente: la
fe religiosa promueve la violencia humana a un nivel asombroso. La religión inspira la
violencia en al menos dos sentidos: (1) a menudo las personas matan a otros seres
humanos porque creen que el Creador del Universo quiere que así lo hagan (el corolario
psicopático inevitable es que tal acto les asegurará una eternidad de felicidad después de
la muerte). Los ejemplos de este tipo de comportamiento son prácticamente
innumerables, siendo el más destacado el de los terroristas suicidas jihadistas. (2) Un
número cada vez mayor de personas se encuentran inclinadas hacia el conflicto
religioso, simplemente porque su religión constituye el corazón de sus identidades
morales. Una de las patologías duraderas de la cultura humana es la tendencia a educar a
los niños en el temor y a demonizar a otros seres humanos en base a la religión. Muchos
conflictos religiosos que parecen motivados por intereses terrenales son, por lo tanto, de
origen religioso. (Los irlandeses lo saben muy bien.)
A pesar de todos estos hechos innegables, los religiosos moderados tienden a
imaginarse que el conflicto humano siempre puede reducirse a la carencia de educación,
a la pobreza o a los agravios políticos. Ésta es una de las muchas ilusiones de la piedad
liberal. Para disiparla, sólo tenemos que pensar en el hecho de que los secuestradores
del 11-S eran universitarios de clase media-alta que no tenían ninguna historia conocida
de opresión política. Sin embargo, habían pasado una cantidad de tiempo excesiva en su
mezquita local, oyendo hablar de la depravación de los infieles y de los placeres que
esperan a los mártires en el Paraíso. ¿Cuántos arquitectos e ingenieros aeronáuticos
deberán volver a estrellarse contra una pared a 400 millas por hora, antes de que
admitamos que la violencia jihadista no es un asunto de educación, política o pobreza?
La verdad, bastante asombrosa, es la siguiente: una persona puede ser tan culta e
instruída como para construir una bomba nuclear, y así y todo creer que obtendrá a 72
vírgenes en el Paraíso para toda la eternidad. Tal es la facilidad con que la mente
humana puede ser alienada por la fe, y tal es el grado de acomodación de nuestro
discurso intelectual a la ilusión religiosa. Sólo el ateo ha observado lo que ahora debería
ser evidente para todo ser humano pensante: si queremos desarraigar las causas de la
violencia religiosa debemos desarraigar las falsas certezas de la religión .
¿Por qué la religión es una fuente tan poderosa de violencia humana?
Nuestras religiones son intrínsecamente incompatibles entre sí. Jesús resucitó de entre
los muertos y volverá a la Tierra como un superhéroe, o no; el Corán es la palabra
infalible de Dios, o no lo es. Cada religión hace afirmaciones explícitas sobre cómo es
el mundo, y la profusión abrumadora de estas afirmaciones incompatibles –que además
son dogmas de fe obligatorios para todos los creyentes– crea una base duradera para el
conflicto.
No hay ninguna otra esfera del discurso en la que los seres humanos articulen de manera
tan clara sus diferencias mutuas, o en la que expresen estas diferencias en términos de
recompensas y castigos eternos. La religión es la única realidad humana en la que el
pensamiento nosotros-ellos alcanza una importancia trascendente. Si una persona cree
realmente que llamar a Dios por su nombre correcto puede marcar la diferencia entre la
felicidad eterna y el sufrimiento eterno, entonces se hace bastante razonable tratar con
rudeza a los herejes e incrédulos. Hasta puede ser razonable matarlos. Si una persona
piensa que hay algo que otra persona puede decirles a sus hijos que podría poner en
peligro sus almas para toda la eternidad, entonces el vecino hereje es en realidad mucho
más peligroso que el más sádico violador infantil. Los estigmas de nuestras diferencias
religiosas son enormemente más pronunciados que los nacidos del mero tribalismo, del
racismo o de la política.
La fe religiosa es un poderoso obstáculo al diálogo. La religión no es más que el área de
nuestro discurso donde las personas se protegen sistemáticamente de la exigencia de
aportar pruebas en defensa de sus creencias firmememente sostenidas. Así y todo, estas
creencias de las personas a menudo determinan para qué viven, para qué morirán, y –
demasiado a menudo– para qué matarán. Éste es un problema muy grave, porque
cuando los estigmas diferenciales son muy pronunciados los seres humanos sólo
encuentran una opción entre el diálogo y la violencia. Sólo una buena voluntad
fundamental de ser razonable –de manera que nuestras creencias sobre el mundo sean
revisadas por nuevas pruebas y nuevos argumentos– puede garantizar que sigamos
hablando entre nosotros. La certeza sin pruebas es necesariamente divisoria y
deshumanizadora. Aunque no existe ninguna garantía de que la gente racional siempre
vaya a ponerse de acuerdo, indudablemente la gente irracional siempre estará dividida
por sus dogmas. Parece sumamente improbable que podamos curar los desacuerdos
existentes en nuestro mundo simplemente multiplicando las ocasiones para el diálogo
interconfesional.
El objetivo de la civilización no puede ser la tolerancia mutua ni la irracionalidad
manifiesta. Aunque todos los partidarios del discurso religioso liberal han acordado
pasar de puntillas por aquellos puntos en los que sus visiones del mundo chocan
frontalmente, estos mismos puntos seguirán siendo fuentes de conflicto perpetuo para
sus correligionarios. La corrección política, por lo tanto, no ofrece una base duradera
para la cooperación humana. Si la guerra religiosa debe hacerse inconcebible para
nosotros, del mismo modo que ya lo son la esclavitud y el canibalismo, es
absolutamente necesario prescindir de todos los dogmas de fe.
Cuando tenemos razones para creer lo que creemos, no tenemos ninguna necesidad de
fe; cuando no tenemos ninguna razón, o sólo tenemos malas razones, hemos perdido
nuestra conexión con el mundo y con los seres humanos. El ateísmo no es sino un
compromiso con el nivel más básico de honestidad intelectual: las convicciones de una
persona deberían ser proporcionales a sus pruebas. Pretender estar seguro de algo
cuando no se está –en realidad, pretender estar seguro sobre proposiciones para las que
ni siquiera es concebible prueba alguna– es un defecto tanto intelectual como moral.
Sólo el ateo ha comprendido esto. El ateo es simplemente una persona que ha percibido
la mentira de la religión y que ha rechazado convertirla en una mentira propia.
Por Lalo Márquez el Sábado, 3 de Enero de 2009 a las 13:32 pm en Noticias | 3 Comentarios
La escuela del estado Victorian en Australia pronto podrán tomar clases de educación religiosa en las que se les enseñará que no existe ninguna sola evidencia de la existencia de Dios.
La Sociedad Humanista de Victoria ha desarrollado un currículum para los alumnos que el cuerpo de acreditación gubernamental del estado dice que tiene la intención de aprobar, según reportó el diario The Sunday Age.
Los voluntarios acreditados podrán enseñar su propia filosofía en el horario establecido para la clase. De la misma forma en que se enseñan lecciones impartidas por grupos religiosos, los padres podrán pedir que sus hijos no participen en ellas.
“Los padres Ateos estarán muy complacidos en saber que pronto estarán disponibles cursos de ética humanista en algunas escuelas estatales”, dijo el presidente de la Sociedad Humanista Victoriana, Stephen Stuart.
La sociedad no se considera a sí misma como una organización religiosa y cree que la ética “no tiene una conexión con la religión”.
Los humanistas creen que las personas son responsables por sus propios destinos y rechazan la noción de una fuerza sobrenatural o dioses.
Por Jorge Armando el Lunes, 24 de Noviembre de 2008 a las 9:52 am en Noticias | 4 Comentarios
“Probablemente no hay dios, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Este eslogan lucirá en los autobuses de Londres a mediados de enero. Se trata de la primera campaña ateísta en Reino Unido financiada con donaciones de contribuyentes anónimos. Y ha sido un éxito. Preveían recaudar 5.500 libras (6.500 euros) y en tan sólo dos días reunieron 10 veces más. No es algo aislado. Esta semana se ha puesto en marcha una iniciativa similar en Washington. Los ensayos que arremeten contra la religión se convierten en superventas y, en España, aumentan las solicitudes de apostasía. Parece que la hora de los no creyentes ha llegado. ¿Está el ateísmo tomando una nueva conciencia más activa en la sociedad?
No es fácil confesar que uno es ateo, es decir, que niega la existencia de Dios, según señala el biólogo Richard Dawkins, conocido como el rottweiler de Darwin por su férrea defensa de la teoría evolucionista. “La situación de los ateos hoy en día en América es comparable a la de los homosexuales 50 años atrás”, escribe Dawkins en el ensayo El espejismo de Dios (Espasa Calpe), que ha vendido 1,5 millones de ejemplares. “Los ateos son mucho más numerosos, sobre todo entre la élite educada, de lo que muchos creen”, prosigue. El problema es que, a diferencia de otros grupos religiosos, no están organizados. “Un buen primer paso podría ser generar una masa crítica con aquellos que desean salir a la luz y así animar a otros a hacer lo mismo. Pueden hacer mucho ruido”.
Ruido considerable es el que ha conseguido la citada campaña del autobús ateísta británico. La gestiona la British Humanist Association -una organización que promueve acabar con la privilegiada posición de la religión en la ley, la educación y los medios de comunicación- a través de la web www.justgiving.com/atheistbus. Su patrocinador más ilustre es el propio Dawkins. Iniciada el 21 de octubre, se propuso recaudar 5.500 libras (6.500 euros, el coste de un mes de los anuncios en 30 autobuses) y sólo necesitó dos horas para conseguirlos. En dos días, ya tenían 58.900. La cuenta ya va por 143.200 euros.
“Los donantes sienten que no tienen voz, que el Gobierno y la sociedad presta demasiada atención a la religión y a sus líderes, mientras que a los que no son religiosos se les ignora”, señala desde la capital británica Hanne Stinson, directora de la British Humanist Association. Al otro lado del Atlántico, la American Humanist Association ya ha organizado una campaña similar para los autobuses de Washington con el lema ¿Por qué creer en un dios? Sé bueno por la propia bondad. Se puso en marcha la semana pasada con una previsión de 200 autobuses (www.whybelieveinagod.org). En España, la Unión de Ateos y Librepensadores estudia unirse a la campaña.”Aunque las condiciones en España no son las mismas que en el mundo anglosajón, donde las alternativas de ateos y agnósticos son mucho mas respetadas, y su prestigio social es consecuencia de su permanente presencia en el mundo de las ideas”, señala la asociación en su web, ateos.org.
Este nuevo ateísmo también ha irrumpido en las librerías. Una ilustre alineación de científicos e intelectuales ha emprendido la batalla dialéctica a gran escala contra la religión. Sus ensayos se han convertido en superventas. En El espejismo de Dios (10.000 ejemplares vendidos en España), Dawkins expone su hipótesis de que Dios no existe, sostiene que no necesitamos la religión para ser morales y que podemos explicar las raíces de la religión y la moralidad en términos no religiosos. El ensayista Christopher Hitchens argumenta en Dios no es bueno (Debate) que la religión da una explicación errónea del origen del ser humano y del cosmos, que causa una peligrosa represión sexual y que se basa en ilusiones. Ha vendido cerca de 150.000 ejemplares en Reino Unido y 12.000 en España. En EE UU, el filósofo Sam Harris, autor de The end of faith (W.W. Norton) pone de vuelta y media a las grandes confesiones: el judaísmo, el cristianismo y el
islam. Las tacha de locuras socialmente aprobadas, cuyos credos son irracionales, arcaicos y mutuamente incompatibles (200.000 vendidos).
En Italia, el matemático Piergiorgio Odifreddi ha escrito ¿Por qué no podemos ser cristianos? (RBA), que ha colocado 200.000 ejemplares en su país. En Francia, Michel Onfray se situó en 2005 entre los más vendidos con Tratado de Ateología (Anagrama), un alegato a favor del pensamiento hedonista y contra la religión. Vendió 209.700 ejemplares. Las cifras parecen indicar que aumenta el interés por la crítica a las religiones. Odifreddi, aun así, es cauto: “Hay una buena parte de la población que valora la razón y la ciencia, pero es una minoría sin mucho acceso a los medios de comunicación”.
La razón de este nuevo movimiento está, irónicamente, en los propios fundamentalistas religiosos, según sostienen varios especialistas. “La beligerancia de las religiones lleva a la gente a tocar a rebato”, explica el teólogo de la Universidad Carlos III Juan José Tamayo. “Las religiones han despertado de un modo social y culturalmente agresivo, porque reclaman una presencia en el espacio público; quieren intervenir en la vida privada y tener un peso político. En definitiva, quieren que los Estados sean confesionales”. Una idea con la que coincide el filósofo Reyes Mate, profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC): “La crítica a la religión resurge cada vez que la religión se quiere convertir en principio moral de la democracia”.
Cuando se habla de integrismo se suele pensar en los países musulmanes, pero también se encuentra en el corazón de Occidente. “Pienso en Estados Unidos”, sigue el teólogo Tamayo. “En la campaña electoral de 2004, entre John Kerry y George W. Bush, la politización de la religión fue notable: los dos candidatos recordaban constantemente que creían en Dios”. Es el caso, por ejemplo, de las escuelas de algunas zonas de Estados Unidos que quieren introducir en las aulas la enseñanza del creacionismo y del diseño inteligente (que equivale a la interpretación literal de la Biblia). Los líderes religiosos occidentales, como el papa Benedicto XVI, o los grupos evangélicos en EE UU, pretenden influir en la política porque “consideran que necesita una legitimación religiosa”, señala Tamayo. Además exigen “que la ética se fundamente en un ser trascendente, ya que no reconocen a los políticos como guías morales”, e imponen que los textos sagrados,
que son míticos y simbólicos, sean considerados como histórica y científicamente válidos.
Esa intervención de la religión en la vida privada es la que pidió el cardenal Antonio María Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, en octubre en el sínodo de los obispos de Roma. Criticó el laicismo, es decir, que las personas, la sociedad y, sobre todo, el Estado, sean independientes de cualquier organización o confesión religiosa. Lo dejó claro: “El Estado moderno, en su versión laicista radical, desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo soviético y del nacional-socialismo”. Por eso llama a que la Iglesia participe en la vida privada e incluso en los debates legislativos.
Muchos ciudadanos en España han reaccionado. Las solicitudes de apostasía en los seis primeros meses de 2008 han sido 529, lo que supera a las de todo 2007 (287) y a las de 2006 (47), según la Agencia Española de Protección de Datos. El Ayuntamiento de Rivas, en Madrid, abrió en marzo una oficina para facilitar los trámites de apostasía. En menos de un mes recibió más de 1.100 consultas de toda España. Entre los principales motivos: la reelección de Rouco como presidente de la Conferencia Episcopal. Y no son sólo las apostasías. La práctica religiosa también desciende. Si en 1998 los españoles que se consideraban católicos eran el 83,5%, 10 años después son el 78%, según el barómetro de enero de 2008 del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).
Las cifras, sin embargo, podrían quedarse cortas. “Ese 78% que dice que es católico, lo es por el bautismo y otros símbolos introducidos en la infancia”, señala el teólogo Tamayo. “Esa educación puede que continúe o que se interrumpa y dé lugar a la apostasía o a la indiferencia, que es el fenómeno mayoritario”, añade. Los datos se elevan entre los jóvenes. El 46% de los chicos entre 15 y 24 años se consideran agnósticos, ateos o indiferentes, según un informe de la Fundación Santamaría de 2005 (en 1994, eran el 22%). El 39% se define como católico no practicante y tan sólo el 10%, como católico practicante. Las razones del descenso: la “impopular” postura de la Iglesia “en temas como la ley que regula el matrimonio homosexual, el aborto o la sexualidad”, según uno de los autores del informe, el sociólogo Juan González-Anleo.
Este nuevo ateísmo lucha contra la religión en la arena dialéctica. “Esa hostilidad que yo y otros ateos expresamos ocasionalmente contra la religión está limitada a las palabras. No voy a poner una bomba a nadie, ni a decapitarlo, ni a lapidarlo, ni a quemarlo en la hoguera ni a crucificarlo ni a estrellar aviones contra sus rascacielos”, escribe Dawkins. De hecho, el propio lema del bus ateísta británico se aleja del dogmatismo. El probablemente reconoce que igual que no hay pruebas de la existencia de Dios, tampoco las hay de lo contrario. “No es necesario mantener una relación hosca con la religión”, considera el filósofo Jesús Mosterín, miembro del CSIC. “Se puede conservar sin creérsela pero con curiosidad y simpatía, como una tradición folclórica más”. Eso sí, aunque dialéctica, es una batalla sin cuartel.
La crítica a la religión es antigua pero, sobre todo desde el siglo XIX, cuenta con una aliada crucial: la ciencia. Así lo ha expuesto el premio Nobel de física estadounidense Steven Weinberg en The New York Review of Books: “Creo que entre la ciencia y la religión existe, si no una incompatibilidad, por lo menos lo que la filósofa Susan Haack ha llamado una tensión, que gradualmente ha ido debilitando la creencia religiosa, especialmente en Occidente, donde la ciencia ha avanzado más”. La ciencia, enumera el Nobel, explica mejor el funcionamiento del mundo que la religión y refuta el papel del hombre como protagonista de la creación. Otro de los físicos más prestigiosos del mundo, Stephen Hawking, lo suscribe: Las leyes por las que se rige el universo “no dejan mucho espacio para milagros ni para Dios”.
Ciencia y religión no pueden convivir en paz, añade el matemático Odifreddi. “La ciencia acepta verdades basadas en confirmaciones empíricas y deducciones matemáticas y lógicas. La religión, al menos la católica, se refiere a un libro de hace 2.000 años y a pronunciamientos dogmáticos de concilios y del Papa. Es difícil imaginar métodos más opuestos”.
Pero ¿podemos vivir sin Dios? La respuesta de los científicos, filósofos y teólogos no es unánime. El Nobel Weinberg confiesa que no es fácil no creer, pero está convencido de que la creencia declina inevitablemente en Occidente. Y añade que aunque las prácticas religiosas se mantengan durante siglos, no está tan seguro de que la creencia perviva. “Hay que distinguir la religión, que es construcción social, de la experiencia religiosa, que es personal”, matiza Tamayo. “Las iglesias son instituciones, con un atractivo político y social, que incluso hoy pocas veces implican creencias profundas”, añade Odifreddi, “por lo que pueden sobrevivir aunque la fe languidezca”. “En el futuro seguiremos creyendo, porque lo llevamos de fábrica”, argumenta el físico Jorge Wagensberg. “La psicología del desarrollo, la antropología cognitiva y la neurociencia señalan que evolutivamente estamos programados para creer”.
Otros están convencidos de que la ciencia es la respuesta. “¡Todos creemos en algo!”, concede el matemático Odifreddi. “La cuestión es qué debemos creer; yo creo que la ciencia puede ofrecer incluso una concepción espiritual del mundo, al mostrar cómo tras el aparente caos del cosmos descansa un orden profundo”. Su conclusión es clara: “La ciencia es hoy la religión verdadera, mientras que la vieja religión es sólo superstición. Así que si alguien quiere creer en algo, puede creer en la ciencia y su manera de ver el mundo”.
Los mandamientos de Dawkins
En ‘El espejismo de Dios’, el biólogo Richard Dawkins presenta una lista de principios morales laicos válidos universalmente. La elaboró a partir de una lista encontrada al azar en Internet, para demostrar que son unos valores comunes que no necesitan legitimación religiosa. Estos son algunos.
- No hagas a otros lo que no quieras que te hagan.
- No pases por alto la maldad ni te acobardes al administrar justicia, pero disponte siempre a perdonar el mal hecho si media el arrepentimiento.
- Prueba todas las cosas: revisa tus ideas frente a los hechos y prepárate para descartar incluso las creencias más arraigadas.
- Respeta el derecho de los demás a estar en desacuerdo contigo.
- Fórmate opiniones independientes basadas en tu razón y en tu experiencia: no permitas ser manejado.
- Cuestiónalo todo.
- Disfruta de tu vida sexual (en tanto no hagas daño a nadie) y deja a los demás que disfruten de la suya.
- No adoctrines a tus hijos. Enséñales cómo pensar por sí mismos y cómo estar en desacuerdo contigo.
Por Lalo Márquez el Domingo, 23 de Noviembre de 2008 a las 0:17 am en Noticias | 0 Comentarios
El sitio Web de la campaña publicitaria Humanista en los autobuses de Washington D.C. lista estos…
Las siguientes preguntas se han hecho en respuesta a los posters humanistas en los autobuses Metro:
Por Lalo Márquez el Sábado, 22 de Noviembre de 2008 a las 10:41 am en Opiniones | 0 Comentarios
Mito:
Los ateos militantes son solo otro tipo de fundamentalistas, empujando rudamente su religión sobre todos los demás. Estos ateos fundamentalistas son tan peligrosos, intolerantes, y dogmáticos como cualquier fundamentalista Cristiano.
Respuesta:
Parece haber un creciente número de personas que responden a las críticas ateas sobre la religión o el teísmo etiquetando a la persona como un ateo “fundamentalista”. La etiqueta es problemática porque no existen creencias escenciales o “fundamentales” sobre el que un ateo pueda ser “fundamentalista”. ¿Entonces por qué la gente utiliza esta etiqueta? ¿Por qué tanta gente siente que la etiqueta es apropiada? Esto parece ser, en su mayor parte, debido al malentendido sobre y el prejuicio contra el fundamentalismo.
Muy frecuentemente, la palabra “fundamentalismo” es utilizada como abreviación para el dogmatismo incondicional e irreflexivo. La gente es considerada “fundamentalista” si son groseros, intransigentes, y dedicados a posiciones absolutistas. Este no es un entendimiento preciso ni justo del fundamentalismo: malinterpreta el fundamentalismo como una actitud o un tipo de personalidad en vez de un tipo de doctrina y no es justo para los fundamentalistas, porque no todos ellos caben dentro de la descripción de este tipo de actitud.
El término “fundamentalismo” se originó en el Cristianismo Americano cuando The Fundamentals: A Testimony of the Truth fue publicado entre 1910 y 1912. Esta serie de libros de 12 volúmenes delineaba las creencias “fundamentales” que supuestamente eran requeridas para todos los Cristianos:
Si el fundamentalismo es principalmente sobre la promoción de creencias “fundamentales”, no es posible que esto sea aplicado al ateísmo porque el ateísmo no tiene creencias, mucho menos creencias “fundamentales”. El Ateísmo es la ausencia de creencia en dioses, nada más y nada menos, no hay nada “fundamental” para a lo que los Ateos “regresen” para poder alcanzar un ateismo más puro u original.
Aunque originalmente se aplicó a una clase de Cristianos Protestantes, el término rápidamente adquirió un uso más amplio a movimientos en muchas otras religiones donde un enfoque era puesto en las creencias “fundamentales” así como en un número de otras posiciones. El Proyecto Fundamentalismo ofrecía estas “resemblanzas familiares” encontradas en la mayoría de los movimientos fundamentalistas:
Una persona o movimiento puede ser “fundamentalista” sin que todas estas categorías sean verdaderas – simplemente estas son las más comúnes que aparecen la mayor parte del tiempo. Entre más de estas características una persona o movimiento tiene, más “fundamentalistas” son. Incluso un examen superficial de ellas revela que solo una o dos posiblemente podrían ser aplicadas a los ateos – e incluso entonces, no más que la mayoría de las personas en el mundo. Los Ateos ciertamente pueden demonizar la oposición, por ejemplo, pero no lo hacen más que los liberales, los conservadores, etc.
Es posible ser un Ateo dogmático que no razona bien, no escucha los argumentos de otros, y no se ajusta a sus ideas cuando adquiere nueva información. Tales ateos pueden ser llamados “ateos fundamentalistas” y su ateísmo llamado “ateísmo fundamentalista” por algunos Cristianos. Algunas veces, la gente va más lejos y concluye que todos los ateos y todo el ateísmo es así, basado solo en algunas interacciones con algunas personas. Si esto es lo que la gente quiere decir ¿entonces por qué no decir simplemente “ateo dogmático” en vez de “ateo fundamentalista”? Es como si estuvieran tratando de dibujar un paralelo inapropiado con la religión – y este puede ser de hecho el punto.
Como noté anteriormente, esto también es muy injusto para los fundamentalistas. Algunos son arrogantes y dogmáticos, pero no todos. Muchos son “rígidos” cuando se trata de sus creencias religiosas, pero son bastante relajados fuera de su religión. Yo he recibido un número de emails de felicitación de fundamentalistas quienes están de acuerdo conmigo respecto a mis críticas de la religión y el Cristianismo. Algunos incluso acuerdan con mis argumentos sobre que la ley civil y el gobierno no deberían ser definidos de acuerdo a los estándares Cristianos – ni siquiera los suyos.
Los fundamentalistas como estos naturalmente estarían felices si otros estuvieran de acuerdo con ellos y vivieran acorde a su religión, pero solo si lo hicieran voluntariamente. No impondrían su estándares religiosos por vía de la fuerza legal – ni siquiera para prohibir el matrimonio entre homosexuales. Yo entiendo que puede ser difícil de creer, pero no todos los fundamentalistas son iguales y no todos son igual a esos que gritan en la plaza pública. De modo que la ecuación del fundamentalismo con rigidez y dogmatismo realmente es injusta para los mismos fundamentalistas y los Cristianos críticos del Ateísmo deberían saberlo mejor. Los fundamentalistas han hecho muchas cosas dignas de crítica, pero eso no es excusa para transformar la etiqueta en sinónimo de cosas que son malas.
Autor: Austin Cline
Fuente